Cada semana, espero que estas simples palabras les ayuden a encontrar paz y felicidad. Ya sea que vayan enfrentando sus temores, alivien el estrés y la ansiedad o lleguen a un punto de aceptación radical de uno mismo,
les ofrezco un espacio en el cual puedan tomar una pausa, respirar profundamente y fortalecer corazón y alma.
Bendiciones,
Tara

martes, 20 de marzo de 2012

Hacer una pausa y prestar más atención



El siguiente pasaje es de en un artículo de la revista del New York Times de hace algunos años.


William C. Moyers, partidario de la rehabilitación (y el hijo del periodista Bill Moyers) quién ha estado libre de drogas y alcohol por doce años, fue invitado para hablar en un congreso de M.I.T. En una sala llena de científicos e investigadores obsesionados con los detalles del cerebro humano, Moyers dio una charla en la que les recordó que curando una adicción puede ser aún más difícil de lo que pensaban.  “Yo tengo una enfermedad con sus orígenes en el cerebro…pero también he sufrido con otro aspecto de esta enfermedad,” les contó a los investigadores y científicos, y algunos estaban apuntando lo que decía. “Yo nací con lo que me gusta llamar un vacío en mi alma…un dolor que venía de la idea de que yo no valía nada y lo que hacía nunca era suficiente. Pensaba que no merecía nada. Si alguien no me prestaba atención pensaba que a lo mejor no le caía bien.”

Un silencio profundo tomó la sala. “Para nosotros, los adictos,” continuaba, la rehabilitación es más que sólo tomar una pastilla o recibir una inyección...la rehabilitación también tiene que ver con el espíritu, prestando atención al vacío que tenemos en el alma.”


¿Qué es un vacío en el alma? Es un deseo de conectarse con otros, un deseo de comunión, de unidad, una añoranza de darnos cuenta de quiénes somos. Es un deseo de saber que somos queridos, un deseo de identificarnos como alguien amado. No son sólo los adictos quiénes tienen el vacío en el alma ya que todos podemos reconocer algo de esto en nuestras vidas.


¿Cómo sanar el vacío en el alma? Todos tenemos una añoranza de ser amados, de libertad, de creatividad, de alegría, pero lo que pasa es que nos fijamos en los sucedáneos que nos llevan aún más lejos de lo que en verdad queremos, más lejos del momento que puede ser la fuente de la libertad.  


¿En qué nos fijamos? ¿Qué intentamos usar para remplazar una añoranza verdadera?


Foto cortesía de Andrés Meneses
Puede ser que queremos ser dados el visto bueno. Puede ser que pensemos, “Si sólo recibo estos elogios y este reconocimiento, entonces yo sabré que valgo algo. Puede ser dinero, o todo lo que podemos comprar con el dinero. Si tengo esta casa, o este coche, o esta ropa de marca, entonces me aceptarán. La comida es un sucedáneo. ¿Alguna vez te has encontrado sintiéndote sólo o triste, y pensaste que la solución está en el refrigerador? Otros sucedáneos pueden ser el sexo, los drogas, o el alcohol.


A veces identificamos a esta obsesión de nuestra mente con la frase  “si sólo…” Creemos que, “Si sólo todo pudiera estar bien, entonces estaré feliz.” ¿Suena?  “Si sólo pudiera ponerme bien de salud.” “Si solo pudiera conocer a la pareja perfecta.” O “si sólo esta pareja y yo pudiéramos salir adelante.” O, “si sólo pudiera perder veinte libras.” La lista sigue y sigue. Y al final creemos que estas cosas nos pueden poner felices.


Pero no podemos sanar el vacío del alma si estamos intentando conseguir un sucedáneo que nos gratifique. Cuando actuamos así, nos lleva más y más lejos de momento, y sólo en el momento podemos encontrar lo que de verdad queremos. Sólo al estar en el presente podemos sentirnos vivos, queridos, entendidos, y liberados.


¿Cómo podemos dejar de perseguir sucedáneos y volver al presente? El primer paso es identificar cuando estamos intentando llenar el vacío en nuestras almas. Cuando notamos los pensamientos de “si sólo…” Si sólo tuviera…Si sólo pudiera ser así…Cuando notamos que nuestros pensamientos o acciones nos llevan a buscar un sucedáneo, lo mejor es hacer una pausa.  Respirar. Con cuidado, reconocemos lo que está pasando. Podemos identificar el deseo detrás del pensamiento con ternura e interés. Podemos reconocer la fuerza que surge como parte de una añoranza.


Sólo al hacer una pausa y prestar más atención, nos acercamos más a la libertad. Primero, traemos conciencia a las capas de dolor y miedo dentro de nuestro ser. Si observamos el dolor y miedo, podemos encontrar la posibilidad de recuperar, experimentar más sanación, vivir con más compasión y presencia.  Puede ser que nuestras acciones sean como las de antes pero la diferencia es que estamos más presentes. Pase lo que pase, hacer una pausa nos pone en el camino de la sanación. Hacer una pausa nos ayuda a identificar nuestras necesidades pendientes. Nos ayuda a descubrir la fuente de nuestras añoranzas más profundas. Nos cura del vacío en el alma.






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miércoles, 22 de febrero de 2012

El misterio de quiénes somos




Cuando mi hijo estaba en una escuela Waldorf, alguien me contó una historia que me encantó.

Los niños estaban en clase de arte, sentados en varias mesas, trabajando en sus proyectos. Una niña estaba trabajando muy bien, enfocándose completamente en lo que tenía delante suyo. La profesora se acercó para ver qué hacía. Después de observar por un rato, le preguntó qué estaba dibujando.

Con mucha confianza, la niña dijo, “Estoy dibujando a Dios.”

La profesora se rió y dijo, “Pero cariño, nadie sabe cómo se ve Dios.”
Sin ningún titubeo y sin levantar la cabeza, la niña respondió, “¡Se sabrá en un momento!”

Esta historia me hizo pensar. ¿Qué nos pasó?  ¿Dónde se fue nuestro espíritu?  El estado salvaje de Dios, del espíritu, como dice el escritor John O’Donahue. Es como si se nos olvida o nos desconectamos de la espontaneidad y el ánimo que expresa la esencia de nuestro espíritu. 

Probablemente la pregunta más profunda en cualquier tradición espiritual es: ¿Quién soy? Si miramos más allá que los papeles que hacemos y las imágenes que nuestra cultura nos da, más allá que las ideas que interiorizamos por nuestra familia, ¿Quién está aquí de verdad? ¿Quién está leyendo ahora? ¿Quién está mirando todo por estos ojos? ¿Quién es el que escucha los sonidos que están alrededor mío?  

El Buddha dice que sufrimos porque no sabemos quiénes somos. Se nos ha olvidado quiénes somos. Sufrimos porque nos identificamos con un ser ilusorio que es mucho más estrecho que la verdad, mucho menos que la totalidad de quiénes somos. Muy a menudo nos limitamos a los papeles que nos tocan vivir, ser padres, ayudantes, jefes, pacientes, víctimas, jueces. Resulta que nos enganchamos a nuestra apariencia, nuestro cuerpo. Nos aferramos fácilmente a nuestra personalidad, nuestra inteligencia. Nombramos y contamos nuestros logros. Todo esto forma nuestra identidad, quién creamos que somos. Y la verdad es que esta mezcla, esta constelación, es mucho más pequeña que la verdad. No incluye toda la presencia y todo el amor que está aquí. La esencia sagrada dentro de nosotros es mucho más grande.
Mi amigo, un pastor, me contaba acerca de una reunión interreligiosa que empezó con la siguiente pregunta: ¿De qué manera debemos referirnos al Espíritu o la Divinidad? ¿Qué nombre debemos ponerle? Enseguida alguien preguntó:
 “¿Deberíamos llamarle Dios?”
“De ninguna manera,” responde una mujer que era Wiccan. “¿Qué tal Diosa?” ella dice.
“Uf, responde un pastor de denominación bautista. Él propone, “Espíritu divino.”
“No,” declara rotundamente un ateo.
La discusión sigue así por un rato más. Al final, un indígena norteamericano propone llamarle el gran misterio, y todos se ponen de acuerdo. Estaban de acuerdo porque al llamarlo así no importaban los conceptos de sus religiones. Todos podrían reconocer que lo divino, lo sagrado es un misterio.
Cuando vamos por la vida dándonos cuenta que pertenecemos a este gran misterio, y que este misterio vive dentro de nosotros y fluye por nuestros cuerpos, ocurre un despertar en nuestra alma que nos otorga libertad y vida nueva.


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domingo, 5 de febrero de 2012

No importa lo que pase…lo más importante es cómo respondemos

Una de mis historias preferidas cuenta lo que pasaba hacía décadas cuando los ingleses colonizaban la India. Querían hacer un campo de golf en Calcuta. Aparte del hecho de que los ingleses no deberían haber estado allí, en Calcuta, el campo de golf no era buena idea. Un gran desafío del proyecto era que muchos monos vivían por la zona.
Resulta que los monos también querían “jugar” al golf, y para mostrar su interés en cada jugada, entraban en el campo y tiraban las pelotas por todos lados. ¡Qué molestia para los golfistas! Como era de esperarse, intentaron controlar a los monos. Primero, con mucho tiempo y energía, construyeron vallas altas que rodeaban el campo. Los monos, muy hábiles, escalaban y podían entrar en el campo de todas maneras. Las vallas no eran una solución. Luego, intentaron distraerles. Yo no sé cómo — a lo mejor su solución era darles plátanos — pero por cada mono que seguía los plátanos, otros dos se le unían. Más y más monos terminaron entrando en el campo para pasarla bien y compartir en la merienda.  Desesperados, los golfistas decidieron atraparlos para llevarlos a otro sitio, pero ese plan tampoco les funcionó. Por cada mono que atrapaban, aparecían más familiares aficionados a jugar con las pelotas de golf. La solución final fue establecer la siguiente regla: En este campo de golf  de Calcuta, todos los golfistas tienen que seguir jugando donde sea que el mono deje la pelota.

                         Sí, ¡esos golfistas llegaron a una solución!
  
Todos queremos que la vida sea de cierta manera, y claro que la vida no siempre se cumple según nuestros deseos. A lo mejor, la vida sí está yendo de acuerdo a nuestros planes por un tiempo. Este aparente control hace que pensemos que siempre será así y terminamos aferrándonos a los momentos en los cuales todo va bien. Sin embargo, todo cambia. Nada es permanente. A veces pareciera  como si los monos nos están dejando las pelotas de golf exactamente dónde no las queremos. ¿Qué podemos hacer?

A menudo, cuando algo no sale como esperamos, es común echar la culpa a nosotros mismos o a los demás. Puede ser que nuestra manera de reaccionar sea que nos pongamos agresivos. O es posible que nos sintamos victimizados, cómo si el único recurso a nuestra disposición es rendirnos. A veces, para tranquilizarnos usamos la comida y la bebida como sedantes. Pero, lo que está claro es que todas estas reacciones no nos ayudan de verdad.

¿Cuál es la verdadera solución? Si vamos a encontrar paz y libertad, nos  hace falta hacer una pausa y decir, “Bueno. Los monos han dejado la pelota aquí. Jugaré desde aquí, tan bien como pueda.”

 ¿Cómo lo hacemos?

¿Qué pasa si hacemos una pausa y nos conectamos con la presencia interior?  Si pensamos en una situación en la vida en que todo no va según nuestro plan — en la cual los monos han dejado la pelota donde menos nos esperamos. Puede que sea en una relación que nos pone nerviosos o alguna inseguridad.  ¿Qué tenemos que hacer para “continuar el juego de donde sea que haya caído la pelota”?   Si pudiéramos acceder a nuestra sabiduría, nuestra compasión, ¿cómo responderíamos a estas circunstancias?
Una de las grandes lecciones relacionadas con la vida espiritual es: no importa lo que pase en la vida. Lo que importa es cómo respondemos a lo que está delante nuestro. La manera en que respondemos determina nuestro estado de felicidad y alegría. Determina nuestra tranquilidad personal.

¿Qué pasaría en el juego de la vida, cuando un mono nos mueve la pelota al sitio menos esperado, si en vez de reaccionar, tomamos una pausa y respondemos con presencia?

sábado, 21 de enero de 2012

Aprendiendo a responder, no reaccionar



Para poder despertarnos y vivir fuera del control de nuestros hábitos y condicionamiento, un elemento clave es poder hacer una pausa, reconocer el presente, y abrirnos hacia un espacio más grande que el capullo creado por la mente y los pensamientos. Nuestra tendencia es perdernos en un ciclo de reactividad. Para salir de este patrón, nos hace falta cultivar la capacidad de hacer una pausa, reconocer el presente, y abrir el corazón y la mente hacia lo que hay delante nuestro.
Uso la metáfora de la segunda flecha muy a menudo, porque ayuda mucho. El Buddha contaba un parábola que enseñaba lo siguiente:
“Si te dan una flechazo, te darías otro hacía ti mismo?”
La primera flecha es cuando observamos la manera en que vivimos cada día, cuando observamos lo que pasa, cuando tomamos en cuenta cuando nos duele el cuerpo, cuando notamos que alguien nos trata con una falta de respeto, cuando nos damos cuenta que algo malo le pasa a alguien que queremos. Tirar la segunda flecha en ese caso sería culparnos a nosotros mismos o culpar a los demás. Tirarla es reaccionar con la mente o el cuerpo. La reactividad no nos trae una solución. No nos cura. No nos ayuda.

La sanación y la liberación de nuestro Ser son el producto de la no proliferación de nuestros pensamientos. Limitar la influencia de los pensamientos es tener la sabiduría de hacer una pausa y llegar en todo momento al presente. Así accedemos a la sabiduría y la compasión que forma una parte fundamental de nuestro ser. De esta manera no reaccionamos con miedo sino respondemos inteligentemente.

La meditación nos ayuda a responder inteligentemente ya que no da la oportunidad de deliberadamente hacer una pausa, reconocer lo que está sucediendo, y abrirnos al espacio que está aquí delante nuestro. Digamos que uno comete un error y automáticamente entra en el hábito de repudiarse. Si en ese momento uno pausa y dice:

“Muy bien. Me voy a sentar, voy a estar aquí ahora y hacer una pausa. ¿Puedo reconocer lo que pasa en esta situación? ¿Puedo reconocer y identificar lo que está aquí delante mío – el espacio, los sonidos, las sensaciones en el cuerpo, y los sentimientos?  ¿Puedo abrirme a la presencia que está aquí delante mío?” 

Cuando prestamos atención a lo que está aquí en este momento, volvemos a nuestro corazón, un corazón sabio. Con presencia, respondemos a la situación en vez de reaccionar.

“Tienes la paciencia para esperar hasta que el barro despeje y el agua se vuelva transparente? Puedes esperar hasta que la acción justa y correcta surja por sí sola?  

— Tao Te Ching


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lunes, 19 de diciembre de 2011

La integración de la meditación budista y la psicoterapia


Cuando estaba en la universidad, pasé un fin de semana en las montañas haciendo senderismo con mi amiga. Ella, de 22 años, era mayor que yo y más sabia. Después de poner nuestra tienda de campaña en su sitio, nos sentamos a orillas de un arroyo, mirando el movimiento del agua y hablando acerca de nuestras vidas. Ella me contó que estaba aprendiendo cómo ser “su propia mejor amiga.” En aquel momento, sentí como si una ola de tristeza me cubriese, y me eché a llorar. Yo no vivía como si fuera mi mejor amiga. Continuamente, me ponía tensa y nerviosa, me criticaba y me juzgaba a mi misma. Según lo que veían los demás, yo estaba bien, tenía éxito en mi vida. Lo que no sabían era que  por dentro estaba agobiada, era tenaz, y a veces estaba deprimida. No estaba en paz con ninguna faceta de mi vida. Deseaba poder cuidar mejor de mi misma. Quería aceptar mi experiencia interior, sentir más intimidad y serenidad al relacionarme con los demás. 
Fotografía: cortesía de Kalliope Kokolis
 
Estos deseos y añoranzas me guiaron al mundo del psicoterapia — primero como cliente y luego como terapeuta — y al camino del Budismo.  Al combinar estas dos tradiciones, descubrí lo que ahora llamo “Aceptación Radical,” que es reconocer lo que  sentimos en el presente, respetando la experiencia con compasión. El psicólogo Carl Rogers escribió:



“La paradoja curiosa es que cuando me acepto tal y como soy, entonces, puedo cambiar.” 


En mi propio progreso interior y a la hora de trabajar con mis clientes de psicoterapia y meditación, veo una y otra vez que la Aceptación Radical es la vía hacía la curación de heridas emocionales y transformación espiritual. Cuando podemos afrontar nuestra experiencia con Aceptación Radical, descubrimos la integridad completa, la sabiduría, y el amor que forman parte de nuestro ser más profundo. 

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lunes, 28 de noviembre de 2011

Movimiento fluido, ánimo y presencia

¿Qué nos separa de la felicidad? 

Esta pregunta es fundamental en nuestras vidas. La próxima vez que estemos muy contentos,  hagámonos las siguientes preguntas, ¿Cómo puede ser?  ¿Qué pasa en nuestro interior cuando estamos muy felices?
 
Hay dos dimensiones que componen la alegría pura. La primera dimensión es la presencia. Estamos muy felices porque estamos presentes, “estamos aquí,” para experimentar lo que nos está ocurriendo. La segunda dimensión es que estamos vivos, llenos de vida. Las dos dimensiones están íntimamente relacionadas. Cuando estamos felices, podemos sentir que la vida fluye por nuestros cuerpos. Sí prestamos detenida atención a la vida, descubriremos que esta presencia a la que me refiero es conciente, crea espacio. Si de verdad vivimos dentro de esta presencia amplia y profunda, sentiremos el movimiento fluido de la vida.


Al explorar la relación intima entre vida y presencia, preguntémonos: ¿Qué nos deja entrar en el movimiento fluido del ánimo y alegría? ¿Qué nos permite vivir dentro de esta vida fluida en vez de sólo verla desde fuera? No queremos llegar al final de nuestras vidas sólo para darnos cuenta de no haber sentido la vida fluir por cuerpo, corazón y mente. No queremos llegar al final de la vida diciendo que no hemos vivido con vitalidad y fluidez. O que no hayamos disfrutado de la energía del amor que surge cuando nos relacionamos con otras personas. Por eso, la meditación tiene un papel fundamental en el enriquecimiento de nuestras vidas. Al crear una práctica de conciencia plena, aprendemos a volver al único sitio en nuestro interior donde la alegría, el amor y la paz son posibles. Es decir, que al meditar reconocemos la presencia de la alegría y podemos sentirla.

Las dos facetas de estar presentes requieren la voluntad o habilidad de parar y dejar de hacer tanto. No significa que debamos separarnos del mundo. Significa vivir en el presente para que nuestra mente esté en el presente y no en el futuro. Cuando estamos aquí, en este momento, nos abrimos a la vida que está delante nuestro. El estar presentes y abrirnos hacia la vida delante nuestro no ocurre muy a menudo ya que nuestra tendencia es de dejar el momento presente y perdernos en nuestros pensamientos.


La gente se pregunta, “Por qué no tengo más ánimo?  ¿Por qué no hay más alegría en mi vida?” Es porque no estamos en un estado de ser. Nuestra práctica de meditación nos ayuda a volver al presente para hacer el cambio de un estado de hacer a uno de ser


Desear controlar nos hace salir de presencia viva. Querer controlar es universal. Dentro de nuestro organismo, hay cierta ansiedad sobre nuestra existencia. Intentamos controlar nuestras vidas para sentirnos mejor. Es común querer disfrutar de la vida y evitar el dolor. Muy a menudo estamos reaccionando a lo que hay delante nuestro. Sólo basta con ver los ejemplos de cuan fácil reaccionamos en nuestras relaciones. Cuando estamos con otras personas, y sentimos ansiedad, notemos que hay una parte de nosotros que quiere controlar la situación. Manipulamos la vida para que esté a la altura de nuestras expectativas. Así, a medida que nos ponemos más inseguros, más controlamos.


En nuestra meditación, cuando notemos que hemos dejado el momento presente, y notemos que estamos controlando la situación, o estamos preocupados, la clave es pausar. Notar lo que está pasando y preguntarnos, “Qué es esto?” Esta simple pausa nos permite volver a nuestros cuerpos y a la fluidez de la vida. La práctica es volver al presente. 


Comparto estas observaciones porque cada vez que despertamos del trance de separación en que vivimos en nuestras mentes, volvemos una y otra vez a la fluidez de la vida. Volvemos al presente en el cual podemos conocer el amor eterno. Un amor que va revelándose de varias maneras. Una y otra vez, al refugiarnos en la fluidez de la vida y en la quietud de la cual proviene, nuestro amor y nuestra capacidad de amar se revelan en nuestras vidas. 

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viernes, 18 de noviembre de 2011

Navegando las olas

No podemos hacer que las olas paren, pero sí podemos aprender a navegarlas.

No podemos controlar lo que nos pase en la vida. Van a haber personas con la cuales no estemos de acuerdo. Puede ser que nos enfermemos o que nuestras emociones lleguen a un nivel abrumador y no podamos más con ellas. Lo que podemos hacer es aprender a fluir con la vida. A lo que me refiero es aprender a navegar las olas de la vida.

Algunas personas hacen surf. ¿Yo? Aprendí a hacer surf con una tabla pequeña, una tabla de boogie. De hecho, llegué a ser tan fanática del deporte que me pasaba cada verano en el mar navegando las olas hora tras hora. Habían momentos en los cuales tomaba una ola y perdía cualquier sentido de tener control. Ya no había un enfoque en mi propio ser. Sino era como si la ola y yo nos convertíamos en uno.  Había una presencia, una fluidez y gracia absoluta.
 
Cuando los atletas entran en la zona de máxima concentración mental, física y emocional mientras entrenan, lo logran porque no están controlando la situación. La cualidad de profunda presencia con la cual viven ese momento les permite conectarse con la fluidez del mismo. Cuando estamos conectados con esta energía fluida, ya no nos importa el qué dirán o nuestra auto crítica. El concepto del yo desaparece. Nos conectamos al movimiento fluido del universo. Nos conectamos con la sabiduría, el amor, el poder, y la fuerza del Infinito.
La meditación es la técnica que nos conecta con esta presencia y poder. Nos enseña a navegar cualquier ola que venga hacia nosotros. 

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