Para muchos de nosotros esta es
una temporada donde se siente que vamos más y más rápido. Todo es una carrera, con semestres escolares, terminando compromisos
de trabajo, entrando en las fiestas; las corrientes de la vida están a toda
velocidad.
Dada la época del año, un
alumno entró en un período de estrés intenso resultante de un ciclo de clases, estudiar,
trabajar y poco sueño. No se dio cuenta de cuánto tiempo había olvidado
escribir a casa hasta que recibió la siguiente nota:
Querido hijo, Tu madre y yo disfrutamos tu última carta. Por supuesto, éramos mucho más jóvenes entonces y más impresionables. Amor, Papá
Como sabes, no son sólo los
estudiantes. Hace unos meses, una amiga describió este estado de ajetreo mientras se preparaba para trataba de
llevar a su hija al colegio. Ella estaba ocupada arreglando preparando las
cosas mientras su hija trataba de mostrarle algo. Cada vez que su hija la llamaba
ella decía, “Sólo espera un momento. Estaré allí en un segundo.” Después de varias rondas de esto, la
pequeña de cuatro años salió de su habitación cansada de esperar. Le dijo a su
madre, con las manos en las caderas:
“¿Por qué siempre estás tan ocupada? ¿Cómo te llamas? ¿Presidente O´mama o algo así?”
Junto con la velocidad tenemos
la sensación de que no hay suficiente tiempo. Es interesante observar con qué
frecuencia vivimos con esa percepción. Generalmente se acompaña de una pizca de
ansiedad: “No voy a estar preparado,” y una cadena de inseguridades. “Hay algo
a la vuelta de la esquina que no voy
a poder resolver va a ser demasiado,” “Voy a quedarme corto,” “No voy a poder
hacer algo crítico.” Hay una sensación de estar en camino a otro lugar y lo de este momento no es importante y no lo que está aquí y ahora.
Estamos tratando de llegar a un momento en el futuro cuando finalmente
hayamos hecho todo en nuestra lista de tareas y podamos descansar. Mientras
esta sea nuestra costumbre, estaremos en una carrera perpetua hacia el final de
nuestra vida. Estamos rozando la superficie, incapaces de arribar a nuestra
vida.
Thomas Merton describe el apuro
y la presión de la vida moderna como una forma de violencia contemporánea. Dice:
“…rendirse a demasiadas exigencias, a demasiadas preocupaciones, es sucumbir a la violencia.”
Cuando nos apresuramos,
violamos nuestros propios ritmos naturales de una manera que no nos permite
escuchar nuestra vida interior y estar en un campo de resonancia con otros. Nos volvemos tensos. Nos achicamos. Anulamos nuestra capacidad de apreciar la
belleza, de celebrar, de servir a otros desde el corazón.
Nuestra práctica de meditación de atención plena nos ofrece la oportunidad de hacer
una pausa y redescubrir el espacio de presencia. Cuando dejamos de apresurarnos para
llegar al futuro y
nos abrimos a lo que está aquí, vamos a notar un cambio radical en nuestra
experiencia de estar vivos. A medida que tocamos este espacio del aquí y ahora accedemos
a una sabiduría, a un amor y a una creatividad que no están disponibles cuando
estamos en camino a otro lugar. Nos sentimos en nuestra
íntima morada, en
nuestra vitalidad y nuestro espíritu.
© Tara Brach
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Traducción del inglés: A Gift to the Soul: The Space of Presence
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