Cada semana, espero que estas simples palabras les ayuden a encontrar paz y felicidad. Ya sea que vayan enfrentando sus temores, alivien el estrés y la ansiedad o lleguen a un punto de aceptación radical de uno mismo,
les ofrezco un espacio en el cual puedan tomar una pausa, respirar profundamente y fortalecer corazón y alma.
Bendiciones,
Tara

jueves, 6 de febrero de 2014

Un Regalo para el Alma: El Espacio de Presencia

Para muchos de nosotros esta es una temporada donde se siente que vamos más y más rápido. Todo es una carrera, con semestres escolares, terminando compromisos de trabajo, entrando en las fiestas; las corrientes de la vida están a toda velocidad.
Dada la época del año, un alumno entró en un período de estrés intenso resultante de un ciclo de clases, estudiar, trabajar y poco sueño. No se dio cuenta de cuánto tiempo había olvidado escribir a casa hasta que recibió la siguiente nota:
Querido hijo, Tu madre y yo disfrutamos tu última carta. Por supuesto, éramos mucho más jóvenes entonces y más impresionables. Amor, Papá
Como sabes, no son sólo los estudiantes. Hace unos meses, una amiga describió  este estado de ajetreo mientras se preparaba para trataba de llevar a su hija al colegio. Ella estaba ocupada arreglando preparando las cosas mientras su hija trataba de mostrarle algo. Cada vez que su hija la llamaba ella decía, “Sólo espera un momento. Estaré allí en un segundo.” Después de varias rondas de esto, la pequeña de cuatro años salió de su habitación cansada de esperar. Le dijo a su madre, con las manos en las caderas:
“¿Por qué siempre estás tan ocupada? ¿Cómo te llamas? ¿Presidente O´mama o algo así?”
Junto con la velocidad tenemos la sensación de que no hay suficiente tiempo. Es interesante observar con qué frecuencia vivimos con esa percepción. Generalmente se acompaña de una pizca de ansiedad: “No voy a estar preparado,” y una cadena de inseguridades. “Hay algo a la vuelta de la esquina que no voy  a poder resolver va a ser demasiado,” “Voy a quedarme corto,” “No voy a poder hacer algo crítico.” Hay una sensación de estar en camino a otro lugar y lo de este momento no es importante y no lo que está aquí y ahora. Estamos tratando de llegar a un momento en el futuro cuando finalmente hayamos hecho todo en nuestra lista de tareas y podamos descansar. Mientras esta sea nuestra costumbre, estaremos en una carrera perpetua hacia el final de nuestra vida. Estamos rozando la superficie, incapaces de arribar a nuestra vida.
Thomas Merton describe el apuro y la presión de la vida moderna como una forma de violencia contemporánea. Dice:
“…rendirse a demasiadas exigencias, a demasiadas preocupaciones, es sucumbir a la violencia.”
Cuando nos apresuramos, violamos nuestros propios ritmos naturales de una manera que no nos permite escuchar nuestra vida interior y estar en un campo de resonancia con otros. Nos volvemos tensos. Nos achicamos. Anulamos nuestra capacidad de apreciar la belleza, de celebrar, de servir a otros desde el corazón.

Nuestra práctica de meditación de atención plena nos ofrece la oportunidad de hacer una pausa y redescubrir el espacio de presencia. Cuando dejamos de apresurarnos para llegar al futuro y nos abrimos a lo que está aquí, vamos a notar un cambio radical en nuestra experiencia de estar vivos. A medida que tocamos este espacio del aquí y ahora accedemos a una sabiduría, a un amor y a una creatividad que no están disponibles cuando estamos en camino a otro lugar. Nos sentimos en nuestra íntima morada, en nuestra vitalidad y nuestro espíritu.
© Tara Brach

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lunes, 27 de enero de 2014

Alegría poco frecuente y preciada




Cuando hablo con la gente acerca de cuánto experimentan la alegría, la mayoría dice, “No tanto”. La alegría no es un visitante frecuente, y cuando aparece, es fugaz.

La alegría surge cuando estamos abiertos a la belleza y al sufrimiento inherentes a la vida. Como un gran cielo que incluye todos los diferentes tipos de clima, la alegría es una cualidad expansiva de presencia. Dice “Sí a la vida, pase lo que pase!”. Sin embargo, su escasa frecuencia nos permite conocer nuestra postura más habitual: resistir lo que está sucediendo, decir “No” a la vida que está aquí y ahora. Tendemos a anular nuestra capacidad innata para la alegría con nuestro diálogo interno incesante, nuestros intentos crónicos para evitar lo desagradable y de aferrarnos al placer. En lugar de alegría en el momento presente, tratamos de llegar a otro lugar, para experimentar algo que es mejor, diferente.

El gran escritor Francés, André Gide, dijo:
“Sepan que la alegría es más rara, más difícil y más bella que la tristeza. Una vez que hagas este importante descubrimiento, debes abrazar la alegría como una obligación moral.”

La alegría es una “obligación” porque es una expresión de nuestro potencial pleno. Solo si nos comprometemos a amar la vida, entramos plenamente en nuestra totalidad. Este compromiso significa que investigamos nuestras creencias limitantes acerca de nuestra propia bondad y valor. Significa que traemos conciencia plena a nuestros pensamientos discursivos y juicios. Y significa que desafiamos los valores de una cultura que está fijada en el crecimiento material, el consumismo, y la dominación de la naturaleza.

Hay una historia acerca de un joven monje que llega a un monasterio y es asignado para ayudar a otros monjes copiando los cánones y las leyes de la iglesia a mano. Se da cuenta que los monjes copian de copias. Va con el viejo abad para recalcar que si hubiera habido siquiera un pequeño error antes, nunca sería percibido. De hecho, el mismo continuaría en todas las copias posteriores. El abad dice, “Hemos copiado de copias por siglos, pero tienes tienes razón.” Entonces desciende a las bóvedas, en lo profundo de las cuevas debajo del monasterio donde los manuscritos originales han estado durante mucho tiempo, durante cientos de años. Las horas pasan. Nadie ve al viejo abad. Finalmente, el nuevo joven monje se preocupa mucho y baja las escaleras. Encuentra al viejo abad, golpeándose la cabeza contra la pared y llorando descontroladamente. Preocupado le pregunta, “Padre, padre, ¿qué sucede?” Y en una voz ahogada, el viejo abad responde, “La palabra era celebre! (no célibe).”

Cuando nos perdemos en conductas habituales –viviendo de acuerdo a las expectativas de otros, evitando riesgos, no cuestionando nuestras creencias- evitamos las oportunidades de celebrar la vida. La alegría sólo es posible si estás viviendo en tu cuerpo, con tus sentidos despiertos. Un entrenamiento que cultiva tu capacidad para la alegría es detenerte intencionalmente cuando tienes el mínimo brote de la sensación de “Ah… felicidad.” Cada vez que comienzas a sentir algún placer simple, a sentir algo que aprecias, detente. Se plenamente consciente de tu cuerpo, de la sensación y de estar vivo. Se consciente de tu corazón. Siente cómo es saborear plenamente la belleza de una hoja que cae, el calor de un abrazo, la tranquilidad al amanecer. No somos una cultura de saborear. Nos aferramos a nuestros placeres, pero no hacemos una pausa. No pasamos mucho tiempo con nuestros sentidos despiertos.

Observa qué sucede si te comprometes a amar la vida. Comienza por recordar hacer una pausa y saborear los placeres simples. Ten la intención de sostener suavemente las dificultades. Abre tu corazón a la vida de este momento y descubre que la alegría nunca está muy lejos.

© Tara Brach


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Traducción del inglés: Rare and Precious Joy 

jueves, 16 de enero de 2014

Desplegando las Alas de la Aceptación

Cuando nos vemos atrapados en el trance de no sentirnos válidos, no reconocemos claramente lo que está pasando dentro de nosotros, ni tampoco sentimos bondad hacia nosotros mismos. Nuestra auto-percepción está distorsionada y limitada, y nuestro corazón se siente endurecido hacia la vida. Al apoyarnos en la experiencia del momento presente—soltando nuestras historias y suavemente abrazando nuestro dolor o deseo—la Aceptación Radical empieza a desplegarse.

Las dos partes de la auténtica aceptación—ver claramente y abrazar nuestra experiencia con compasión—son tan interdependientes como las dos alas de un gran pájaro. Juntas, nos permiten volar y ser libres.

El ala de la visión clara se describe a menudo en la práctica budista como atención plena o mindfulness. Esta es la cualidad de conciencia que reconoce exactamente qué está ocurriendo en este momento. Cuando somos conscientes del miedo, nos damos cuenta de la velocidad con la cual tenemos pensamientos. Empezamos a notar que sentimos nuestro cuerpo rígido y tembloroso, el impulso a huir de nosotros mismos. La clave es reconocer todas estas experiencias sin tratar de manipularlas de ninguna manera, sin alejarnos sino observarlas con compasión.

La atención plena es incondicional y abierta. Nos permite estar con lo que surja, sea lo que sea, incluso si deseamos que el dolor se acabe o que podríamos estar hacienda otra cosa. Este deseo y este pensamiento se vuelven parte de lo que estamos aceptando. Como no estamos tratando de manipular nuestra experiencia, la atención plena nos permite ver la vida “tal como es. Este reconocimiento de la realidad de nuestra experiencia es intrínsico a la Aceptación Radical: No podemos aceptar honestamente una experiencia a menos que veamos claramente qué estamos aceptando.

La segunda ala de la Aceptación Radical, la compasión, es nuestra capacidad de relacionarnos de una manera tierna y comprensiva con lo que percibimos. En lugar de resistirnos a nuestras sensaciones de miedo o dolor, abrazamos nuestro dolor con la dulzura de una madre sosteniendo a su hijo. Más que juzgar o complacer nuestro deseo de atención, sexo o chocolate, vemos nuestro desespero con dulzura y cuidado. La compasión honra nuestra experiencia, nos permite tener una relación íntima, profunda, con la vida de este momento tal como es.

Las dos alas de la visión clara y de la compasión son inseparables; ambas son esenciales para liberarnos del trance. Las dos alas trabajan juntas, apoyándose mutuamente. Si somos rechazados por alguien que amamos, el trance de que “no valgo nada” o “no soy digno” puede atraparnos en un pensamiento obsesivo, culpando al que nos ha hecho daño, creyendo que nos dejaron plantados porque somos defectuosos. Puede que nos sintamos atrapados en una alternancia incansable entre una ira explosiva, un dolor desgarrador y vergüenza. Las dos alas de la Aceptación Radical nos liberan de este remolino de reacción. Nos ayudan a encontrar el equilibrio y la claridad que pueden ayudarnos a elegir que decimos o hacemos.

Si solo nos enfocáramos en el ala de la atención plena en nuestro proceso de Aceptación Radical, tendríamos una consciencia clara del dolor en nuestro corazón, del calor de la rabia en nuestra cara; podríamos ver claramente las historias que nos contamos a nosotros mismos- que somos una víctima, que siempre estaremos solos y sin amor.

Quizás también estaríamos agravando nuestro sufrimiento al enfadarnos con nosotros mismos por haber llegado a esta situación. Aquí es donde el ala de la compasión se une con la atención plena para crear una auténtica presencia sanadora. En lugar de rechazar o juzgar nuestra ira o nuestro abatimiento, la compasión nos permite estar presentes de manera suave y amable con nuestras heridas abiertas. De la misma manera, la atención plena equilibra la compasión. Si nuestra actitud de cuidado sentida desde el corazón empieza a convertirse en sentir lástima por uno mismo, dando lugar a otra historia- “lo hemos intentado con tanto esfuerzo pero no hemos conseguido lo que tanto queríamos” - la atención plena nos permite ver la trampa en la que estamos cayendo. Ambas alas juntas nos ayudan a permanecer en la experiencia del momento, tal como es.

Cuando hacemos esto, lo que empieza a suceder es que nos sentimos más libres, notamos que hay más de una opción, vemos con más claridad cómo queremos proceder. La Aceptación Radical nos ayuda a sanarnos y a continuar, libres de los hábitos inconscientes de autodesprecio y culpa.

Gradualmente, a medida que dejamos ir de  nuestras historias sobre “qué está mal con nosotros”, podemos empezar a sentir lo que realmente está ocurriendo con una atención clara y amable. Soltamos nuestros planes o fantasías y llegamos con las manos abiertas a la experiencia de este momento. Ya sea que sintamos placer o dolor, las alas de la aceptación nos permiten honrar y apreciar esta vida en constante cambio, tal como es.

Traducido de mi libro Radical Acceptance (2003)

© Tara Brach

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miércoles, 8 de enero de 2014

Un Gesto de Amabilidad

La próxima vez que te encuentres de mal humor o en un momento de auto-crítica, tómate un momento para detenerte y pregúntate a ti mismo, “¿Cuál es mi actitud hacia mí mismo ahora? ¿Me estoy juzgando? ¿Me estoy tratando con conciencia, afecto, y respeto?”

Normalmente, descubrirás que cuando te sientes ansioso, solo, o deprimido, también te estás criticando a ti mismo de alguna manera, y es esta corriente subconsciente, de sentirte deficiente o no merecedor, lo que te mantiene separado de tu propia vitalidad, así como de tu sentimiento de conexión con los demás.

El camino de sanación hacia el centro de tu ser, empieza con lo que yo llamo “un gesto de amabilidad.” Por ejemplo puedes poner tu mano en tu corazón—con calma y auto-compasión—y decirte: “Está bien, estoy aquí para apoyarte,”  “cuido de este sufrimiento,”  “lo siento y te amo”. A menudo, al reconocer que lo que nos sucede es parte de la vida y todo es pasajero podemos decir: “Esto, también.”

A veces, este gesto de amabilidad incluye decir “sí” a lo que sea que esté ocurriendo—el “sí” significa “Esto es lo que está ocurriendo, es como la vida es ahora mismo…está bien.” Aceptando el momento presente, nos detenemos tomando conciencia, para así poder actuar en vez de reaccionar.

Si realmente estás criticándote, también puedes decir: “Perdonado, perdonado.” No porque haya algo malo que perdonar, sino porque hay una auto-crítica de la cual hay que desprenderse.

Mientras te ofreces a ti mismo este gesto de amabilidad, toma algunos momentos para estar contigo mismo, para mantener tu propia compañía. Permite que surja a la superficie lo que requiera más atención, y siente que tú eres la presencia amorosa capaz de incluir y abrazar lo que está surgiendo.

Luego, mira si puedes ampliar tu atención, y date cuenta qué o quién más está presente en el espacio de tu corazón. Quizá ofrecerás intencionadamente un gesto de amabilidad a un amigo que lo está pasando mal, a un miembro de tu familia con una enfermedad, o a un adolescente sin confianza en si mismo. Es tan simple como decir en voz alta o mentalmente: “Espero que estés bien, que seas feliz, que la vida te llene de amor.”

A medida que continúes con la práctica de ofrecerte a ti mismo y a los demás este gesto de amabilidad, descubrirás que responder a la vida de esta manera se vuelve cada vez más espontánea y natural. De aquí un tiempo, la reconocerás como la expresión más auténtica de quien tú realmente eres.

© Tara Brach

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viernes, 27 de julio de 2012

Viviendo de todo corazón


Las personas más felices que conozco tienen algo en común: encaran la vida de todo corazón, ya sea que estén meditando, jugando o trabajando. Tienen la capacidad de dar de si mismos completamente en el momento presente.

A muchos de nosotros nos cuesta vivir la vida con este nivel de presencia. Aquí hay un ejemplo:

Se regala: un pequeño gato de color anaranjado acaramelado,  seis meses de edad, juguetón, amigable, ideal para una familia con niños o joven y guapo marido de 32 años, llevadero, gracioso, con buen trabajo pero no le gustan los gatos. Él o el gato se van. Llame a Jennifer y escoja uno de los dos.

¿Con cuánta frecuencia vemos que nuestras relaciones, en vez vivirlas con una presencia de amor, las afrontamos con la idea de cambiar a la otra persona o ser diferentes? ¿Cuán a menudo notamos que nuestras inseguridades no nos dejan ser espontáneos, francos, o dar todo nuestro corazón? Piensa en una relación importante en tu vida y pregúntate: ¿Qué se interpone entre mí y mi habilidad de estar completamente presente con esta persona? Observa que pensamientos te vienen a la mente: el miedo de no ser lo suficiente, el sentir de que no hay suficiente tiempo, el querer que las  cosas sean de una cierta manera.  

Este mismo tipo de condicionamiento se ve reflejado en todos los aspectos de nuestras vidas a tal punto que forma parte de la manera en la cual nuestros cerebros han ido evolucionando. Para sentirnos al mando necesitamos controlar las cosas. Tratamos de evadir las desilusiones y prevenir que las cosas nos salgan mal.

Si dejamos que este condicionamiento dirija nuestras acciones, nos perdemos gran parte de la vida. Carl Jung dijo: “Nada tiene mayor influencia sicológica, en nuestros círculos sociales, especialmente sobre nuestros niños, que la vida no vivida de los padres.” La vida no vivida se va acumulando en aquellos momentos en los cuales no vivimos de todo corazón, en los momentos en los cuales estamos ocupados, yendo de prisa o tratando de no sentir o evadir nuestros sentimientos. La vida no vivida también es producto de las relaciones personales en las cuales no nos permitimos llegar un nivel de intimidad en el cual reconocemos nuestras emociones. La vida no vivida es aquella pasión, sueño o aventura que no seguimos.  La vida no vivida ocurre como mecanismo de auto-protección contra el sufrimiento pero termina llevándonos al mismo.

Lo que yo me he dado cuenta, al conversar con otras personas, es que para poder vivir de todo corazón uno necesita estar dispuesto a dejar de controlar. Al dejar ir de nuestra manera típica de aferrarnos y protegernos nos liberamos a poder expresarnos con vitalidad, creatividad y amor.

Si es que experimentamos con la idea de dejar ir del control, si nos proponemos a vivir de todo corazón, nuestro ser se expande. De esta manera vamos descubriendo el cariño y curiosidad innatos que nos llevan a entregarnos completamente al presente momento a momento. En vez que correr a la meta final, escogemos, de todo corazón, estar aquí para nuestra vida.      

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lunes, 16 de julio de 2012

Compasión


Esta es una de mis historias preferidas.

Una tarde, un perro que nunca había visto apareció en mi jardín. Se veía muy cansado el pobre. Como si nos conociécemos desde siempre, vino detrás mío por la puerta principal y se entró. Se fue por el pasillo principal hacia la sala de estar, se acostó en el sillón y tomó una siesta de una hora.

Ya que ni a mi ni a mis perros nos incomodaba su presencia y parecía ser un buen perro, decidí dejarlo dormir. Pasada una hora, se levantó, fue hacia la puerta y me pidió que lo dejase salir.

Curiosamente, el próximo día, el mismo perro estaba de vuelta. Fue directamente hacia el sillón, se acomodó como el día anterior y tomó otra siesta de una hora.  

Esto continuó por varias semanas. Finalmente, ya que tenía curiosidad por saber más, enganché una nota en su collar diciendo: “Cada tarde su perro viene a mi casa para tomar un siesta. A mí no me molesta en lo absoluto. Sólo quisiera asegurarme que usted esté al tanto.”

El próximo día mi nuevo amigo canino llegó con una nota diferente enganchada a su collar. La nota decía: “Él vive en un hogar con tres niños. Está tratando de recuperar el sueño perdido. Podría yo venir mañana junto con él?”

La compasión puede ser descrita como el dejar ser tocados por la vulnerabilidad y el sufrimiento que existen dentro de nosotros y todos los seres viventes. El florecer de la compasión en nuestras vidas también require de acción. No solamente debemos sintonizarnos a la presencia del sufrimiento sino también responder a la misma.

Hay una expresión que me encanta: “Sé amable, todo el mundo está luchando en la vida.”
  
No importa qué edad tengamos, si es que estamos en un cuerpo humano, en el planeta Tierra, muchas veces las cosas no son fáciles. No quiere decir que siempre tengamos que luchar o que la vida sea mala. A lo que me refiero es que a veces en la vida hay retos.

Nuestro condicionamiento social es tal que rehuimos al sufrimiento. El despertar con un corazón de compasión requiere una sincera intención y voluntad de practicarla. Puede ser un proceso simple. En el transcurrir de tu día, cuando te encuentres con diferentes personas, ve lo suficientemente despacio para preguntarte: ¿Cómo será la vida para esta persona? ¿Qué será lo que más necesita esta persona?

Si profundizas tu atención, encontrarás que todos a los que conoces viven con vulnerabilidad. Todos viven con miedo, han experimentado pérdidas e incertidumbre. Todos, a un cierto nivel, necesitan sentirse seguros, amados y ser vistos.

Sé amable, ve despacio y presta atención.

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miércoles, 11 de julio de 2012

La cooperación absoluta con lo inevitable


El místico jesuita, Anthony de Mello, dijo una vez: “La iluminación de nuestro ser es el resultado de la cooperación absoluta con lo inevitable.” Esta frase me hace reflexionar. Me parece que significa vivir de un modo en el cual estamos completamente abiertos hacia la vida tal y como es.  

En el océano Atlántico la corriente del Golfo fluye de la punta de la Florida bordeando la costa este de los Estados Unidos. Si uno pusiese una espiga alineada con el flujo de la corriente, flotaría con la corriente en dirección del norte. La espiga estaría en alineamiento, en un estado de gracia. Si no estuviese alineada con el fluir de la corriente, giraría sin control y no seguiría la corriente.

Alinearnos con el fluir de la vida es parte esencial de nuestra práctica de meditación de conciencia. De igual modo que la espiga, si nosotros no estamos alineados con el fluir de la vida, giramos fuera de control, en un estado de reacción, incapaces de sintonizarnos hacia la gracia divina. Al dejar que la vida fluya a través nuestro, nos mantenemos en alineamiento.
¿De qué maneras perdemos nuestra conexión con el fluir de la vida?

Mientras volvía a casa el otro día en mi automóvil noté lo siguiente. Tengo la costumbre de ir a una cierta velocidad. La persona delante mío iba despacio, demasiado despacio según yo. Ustedes conocen esa sensación ¿no es verdad? Yo no iba de prisa, no es que tenía una cita o un vuelo que tomar. Aún así empecé a sentirme impaciente y ansiosa. Con todo mi ser quería ir más rápido y no estaría contenta hasta que la situación cambiase.

En aquel momento hice una pausa mental. Me di cuenta que estaba luchando contra el momento presente e intenté dejar ir ese deseo. Este es un ejemplo pequeño de lo que sucede de varias maneras en nuestra experiencia humana. Nos quedamos trancados pensando que la felicidad no es posible sino hasta que cambien las cosas. Por ende, nos causamos tremenda infelicidad a nosotros mismos porque continuamente demandamos que las cosas sean diferentes.

Es interesante darnos cuenta cómo sucede esto o de dónde proviene el sentimiento. Me parece que es resultado del condicionamiento social en relación a los que nos trae felicidad. Crecemos creyendo que necesitamos ciertas cosas para ser felices. Por ejemplo decimos: “Si me dieran esa posición…si ganase tal monto…si sólo pudiese vivir en tal sitio... entonces sería feliz.” También pensamos: “Si sólo estaría más saludable…delgada…musculoso…cambiase de jefe o pareja.” La lista nunca termina.

Pasamos la vida esperando a que nuestra situación mejore para poder sentirnos contentos. Mientras sigamos pensando que nuestra felicidad depende de los eventos externos de nuestra vida, los cuales cambian continuamente, siempre estaremos esperando el momento perfecto.

¿Qué pasaría si pausáramos y nos alineáramos con la fluir de la vida?
¿Qué pasaría si nos moviéramos con el flujo de lo que sucede en este momento?
¿Qué significaría esto en tu vida aquí y ahora?

Alinearnos con lo que está aquí y ahora es una manera de practicar presencia. Nos ayuda a actuar en la vida con creatividad y compasión. De esta manera creamos una apertura mediante la cual podemos conectarnos con la inteligencia universal, el amor universal, dejándolo fluir por nuestro ser. Cuando la espiga está alineada con la corriente, ésta fluye a través de ella. Cuando nos alineamos con el fluir de nuestras vidas, hay una sabiduría universal, un amor que fluye a través nuestro que nos conecta con nuestra naturaleza eterna.


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